Septiembre
Por Marcela A. Chaván
Nosotros, digo, los que fuimos a la Escuela Normal teníamos una ventaja sobre el resto del estudiantado del país: septiembre era nuestro, al menos eso creíamos los tucumanos. La culpa la tenía Belgrano, las fuerzas realistas y la Virgen de la Merced; ellos quisieron una batalla, ella concedió un milagro y nosotros obtuvimos un feriado. Otros culpables eran los padres de Juan Bautista Alberdi que lo concibieron nueve meses antes de un 29 agosto, cuyo natalicio solíamos festejar directamente en septiembre. Agosto tenía festejos de sobra, especialmente hacia fin de mes. Santa Rosa de Lima se llevaba el 30, mientras los últimos tragos de ruda dejaban sentir la añoranza por días más cálidos. Lapachos adelantados anunciaban que la primavera había nacido, pero que se escondía por ahí. Feriado tras feriado iban preparándonos para el cambio de estación y con él, de ánimo. Los vientos de agosto no traían los mejores augurios obligándonos a anticipar un nuevo ciclo como quien profetiza una estación redentora:
“Ya llega septiembre, se va el frio”, “ya llega el calor, gracias a Dios ya falta poco” se oía de las voces de los vecinos. Ojo; “frio” en Tucumán hace referencia a unos 10 grados centígrados. O menos, pero casi nunca o nunca a doble dígitos bajo cero, aunque es cierto que en ocasiones hasta nieva en los cerros. Pero en general, desde los cinco grados para bajo se considera un frio brutal y no nos dan ganas de hacer nada. Menos de andar como veleta. Vale la pena advertir al lector sobre estas minucias; no vaya y crea que exagero. El frío puede ser o no tal, depende del lugar de residencia del observador, pero bajo ningún punto de vista se permita cuestionar la sensación de invierno intolerable a sus amigos tucumanos.
Lo cierto es que septiembre iba calentando no sólo el clima sino también los ánimos. Recordemos el día del maestro en la primera quincena servía de plataforma para más ruido siete días más tarde. Eran días de agradecimientos suculentos que se sucedían en actos escolares y poesías declamadas a todo pulmón:
“¡Bendita y noble mujer, tierno amparo de los niños, en tu corazón de madre hay un mundo de cariño!
El “padre del aula” perpetuamente inmóvil en su retrato serio y parco parecía observar lejano las festividades en oposición directa a los rostros femeninos que nos iniciaban en lo que se supone es el arte y la ciencia del saber. Rondaba en esos días un aire a fiesta que se desplegaba de a poquito, y que adornaría los recuerdos escolares de generación tras generación.
Los tucumanos teníamos, como he dicho, la osadía de creernos que septiembre era plenamente nuestro. Y con razón: la naturaleza y la geografía armaban su complot mayor: estallar en mil colores y aromas intoxicándonos los sentidos. Y es que en ningún lado del planeta, señores, la primavera es tan bella como en Tucumán.
Era un mes signado por la alegría. Indefectiblemente el 21 asistíamos a clase sabiendo que íbamos a salir temprano e invadir las calles con estribillos que idolatraban lealtades e indisciplinas. Era una fecha marcada por la transgresión.
“Cuántas yutas me hice, y cuántas veces lloré por vos, Yo a la Normal la llevo, la llevo dentro del corazón….”
Los más extrovertidos al frente, los más introvertidos al lado: ese día todo el mundo protagonizaba conductas que dependiendo de la rigurosidad de evaluador, calificaban para amonestación colectiva o expulsión individual: joviales, traviesos, frescos. Creativos. Libres. Un cortejo de voces en uniforme avasallando la monotonía.
“A ver, a ver….como mueve la colita….si no la mueve….”
Se trataba, creo, de celebrar un estado transitorio, una condición la cual no lográbamos dimensionar cabalmente, pero que intuíamos gracias a tradiciones, himnos, canciones y toda suerte de mensaje pronunciado desde la adultez: las cosas no serían siempre así.
Asimismo septiembre y particularmente el día del estudiante cargaba con una oportunidad menos virtuosa, pero noble, y ciertamente ritualista: los encontronazos, las grescas, las peleas. Capuletos contra Montescos y el amor por una identidad que no venía del apellido sino del nombre de la escuela: Sarmiento, Gimnasyum, San Francisco, San Carlos, Comercio, ENET, Instituto Técnico, Agricultura, Nacional, Normal.
El 21 de septiembre, en la Normal no se daban clases normales. Alrededor de las nueve sonaba el timbre para el segundo módulo. Teníamos una charla amena y permanecíamos juiciosos detrás de los pupitres hasta que llegase la hora de salir a festejar, perfectamente autorizados para el bullicio. Aquél 21 las cosas iban saliendo tal cual lo indicaba el orden de la tradición, cuando se dejó escuchar como un impetuoso ejército, una especie de susurro masivo, grave y en perfecta armonía desafiante:
“Nacional, Nacional, Nacional, Nacional; colegio de varones, no somos maricones como los de la Normal. Nacional, Nacional, Nacional, Nacional…..”
Provocación injusta; miles de espartanos contra decenas de atenienses. Provocación machista, porque nosotras las mujeres, la pura fuerza y furor de la Normal quedábamos eliminadas de entrada, limitada nuestra intervención de todo sesgo de respuesta. La canción era para ellos. Ellos, que eran los únicos que vestían delantal blanco de entre todos los estudiantes secundarios de la capital. Doble minoría, doble estigma.
Las voces retumbaban más enérgicas. Una especie de temor dominaba los cursos más jóvenes; mientras que los más vaqueanos monitoreaban tras las rendijas de los ventanales el avance y la provocación insolente y continua del enemigo.
-“Dicen que están en la esquina, esperando” alguien sentenció por ahí, y surgió una corriente incontenible de disputa por el honor. Guerra declarada. Nuestros chicos iban a salir a pelear...Ahogado en la garganta nuestro sencillo e inofensivo estribillo, ciertamente feminoide:
“Normal maravillosa, Normal sensacional, Normal maravillosa lo mejor de Tucumán”.
¡Qué ganas de tener algo más animoso, más valiente, más macho y beligerante, aunque fuera entonado por centenares de mujeres!
Era una hora de noventa minutos. Dicen el que período de atención los adolescentes es breve. Brevísimo. Queríamos salir ya y no podíamos. Quiticientos verdugos contra un escuadrón de valientes. David contra Goliat. Los nuestros eran pocos, pero leales, civilizados, amigos. Dolía saber que no tenían forma de sobrevivir si la conflagración estallaba. Atormentaba saber que más que la defensa del honor, la huida sonaba como la respuesta más lógica, aunque confirmara factualmente la afrenta del cántico difamador.
“Nacional, Nacional, Nacional, Nacional; colegio de varones, no somos maricones como los de la Normal. Nacional, Nacional, Nacional, Nacional…..”.
Nunca supe que pasó. Mi hermana, que pertenecía al rango superior de los cursos avanzados me largó por la noche la noticia letal:
- A tu compañero Luis le partieron la nariz, anda con el ojo negro, pobrecito-
- ¿Luis? -
- Sí; Luis: ¿Qué sos sorda vos? -
Imposible pensé. Nadie que pegara a Luis en la nariz podría salir ileso. Menos aún partírsela, eso lo haría él solito años más tarde con la ayuda de la ciencia –cosa que admiro profundamente –.
El de la vendetta era otro Luis. Se trataba de Luis Vega quien pasó del anonimato a la cúspide de la popularidad, convertido en héroe del día a la noche, nariz partida y ojos amoratados de por medio; con todo el orgullo de la identidad y la Normal restaurados sin disculpas.
Y vos ¿qué suceso del 21 de septiembre querés contar?
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